Uno de los más oscuros, violentos, sangrientos y
corruptos periodos de la historia colombiana, fue la década de los 90. El
narcotráfico se encontraba en su auge total y los grandes capos se movían por
todo el territorio comprando o matando a quienes estuvieran en su contra. Los
dos grandes carteles de la mafia colombiana, el de Medellín y el de Cali, en
cabeza de Pablo Escobar (Medellín) y los hermanos Rodríguez Orejuela (Cali),
libraban una batalla sangrienta por el poder del tráfico de droga, a su vez,
que libraban otra contra el Estado colombiano que quería imponer la extradición
como ley constitucional.
De estos movimientos mafiosos, salieron las órdenes de
ejecución de más de 5.000 personas que sufrieron los estragos de un Estado
corrupto y débil que sucumbió ante el dinero sucio y ante el temor de las balas
ilegales. Entre los muertos que más nos duelen están Luis Carlos Galán
Sarmiento, Rodrigo Lara Bonilla, Guillermo Cano Izaza y varios altos mandos de
la Policía Nacional. Personas que fueron asesinadas cumpliendo una labor
política, moral, social y gubernamental limpia y excelente.
Las mafias colombianos se fueron apoderando, poco a
poco, del territorio nacional valiéndose de la gente que menos tenía y que
regalaba su dignidad a cambio de recibir un sueldo bueno teniendo que hacer lo
que fuera, incluso matar. La juventud de las zonas humildes aprendió a manejar
moto y armas de fuego para cumplirle los mandados a su “patrón” y llevarse por
delante a quien fuera sin contemplación alguna ni valor, más que el de lealtad
hacía quién le pagaba unos cuantos millones por una cabeza.
Así se fue formando un ejército en las zonas
marginadas de algunas importantes ciudades como Bogotá, Cali y Medellín que
funcionaban en pro de las mafias que seguían tomando fuerza, agarrando poder y
amedrentando a quién fuera capaz de estar en su camino hacía el poder político
y la no extradición, medida que Estados Unidos presionaba para ser aceptada por
el gobierno de Colombia. A este ejército sangriento se le unieron las esferas
políticas y las clases altas que públicamente rechazaban esta forma de enriquecimiento,
sus capos, sus gustos y aficiones, pero por debajo de la mesa recibían todo
tipo de ayudas y hasta vendían sus propiedades cuando se encontraban en la
quiebra.
La política se volvió un hervidero de dineros
calientes y de políticos con la doble moral a flor de piel que acomodaban leyes
en favor de sus amigos los narcos de quienes recibían jugosos honorarios,
convirtiendo el país en una masa de gente gobernada por la corrupción, la mafia
y los anti valores.
Los atentados que realizó la mafia en su lucha contra
la extradición son la muestra más fiel y firme del poder que tenían estos exportadores
de coca en el país y el aval de muchos mandos policiales, políticos y
periodistas que se guiaban por sus intereses económicos y de poder. La bomba
del D.A.S. nos mostró como Pablo Escobar podía hacer lo que quisiera en este
país y mover las fichas a su antojo. El 2 de diciembre de 1993, el capo de
capos, Escobar Gaviria, fue dado de baja en un techo en Medellín. Pero, para
sorpresa del país esta luz de esperanza no era suficiente para que se acabara
la corrupción y la violencia, porque en 1994 sería elegido Ernesto Samper, un
liberal-izquierdista, que no solamente mal gobernó el país, sino, que también
fue elegido con dineros mafiosos y sucios que financiaron la pre-presidencia y
que luego serían investigados.
Para concluir este ensayo, siento importante mencionar
mi punto de vista. Hemos sido una nación agobiada por la corrupción, la mafia y
las malas administraciones que no sólo se quedaron en las elecciones del 94
(está, también, el caso de Samuel Moreno). Hemos sido una patria herida y a la
vez boba, que termina echándole la culpa de las malas administraciones a
quienes votaron o a quienes no. Lo fundamental no es lograr hallar un culpable
porque en este tipo de casos, los votantes son millones y no pueden arreglar
nada. En estos casos, lo fundamental es crearnos conciencia como colombianos,
como personas emprendedoras y motivadas por un futuro brillante que no se dejan
comprar ni convencer por métodos sucios o financiados con dineros ilegales. Es
necesario, urgente e importante que desde nosotros, los que no manejamos el
país todavía, empezemos a hacer las cosas bien, por el camino de la paz, la sabiduría
y los valores que algún día nos mostraron nuestros padres y profesores.
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